Luis Ángel Piedra García. Investigador. Programa de Investigación en Fundamentos de la Educación a Distancia (PROIFED).
En educación universitaria, y más en modalidad a distancia, la lectoescritura no es un requisito: es la infraestructura cognitiva del aprendizaje. Sin ella, el resto colapsa.
La persona estudiante a distancia compite contra tres fricciones simultáneas: tiempo fragmentado, hábitos de lectura obsoletos y léxico técnico desconocido. Cada una penaliza la comprensión; juntas, la vuelven errática. La solución no es “leer más”, es leer y escribir mejor bajo restricción.
Primero, el tiempo. La lectura profunda exige continuidad, pero el entorno real ofrece interrupciones. Hay que convertir bloques cortos en unidades de alto rendimiento: objetivos explícitos por sesión, preguntas guía antes de abrir el texto y cierre con síntesis escrita. Sin salida escrita, no hay consolidación.
Segundo, las “mañas” de lectura. El escaneo superficial, útil en redes, destruye la inferencia en textos académicos. Aquí se necesita un cambio de protocolo: identificar tesis, mapear argumentos, marcar conectores lógicos y verificar coherencia interna. Leer deja de ser pasar los ojos; pasa a ser modelar la estructura del texto.
Tercero, el vocabulario técnico. Cada disciplina es un sistema de términos con reglas de uso. Si no se domina, la comprensión se queda en la superficie. La estrategia eficaz es incremental: glosario activo (definición propia + ejemplo), relectura focalizada y uso inmediato en escritura breve. El término que no se usa, se pierde.
En este contexto, escribir no es evaluación; es motor de aprendizaje. Resúmenes analíticos, microensayos y respuestas argumentadas fuerzan a integrar, jerarquizar y transferir. La escritura revela lagunas que la lectura oculta.
Cuando el proceso se estabiliza, aparece el “flow” académico: menor esfuerzo de decodificación, mayor inmersión conceptual y mejor gestión atencional. La carga cognitiva se desplaza de “entender palabras” a “operar con ideas”.
El impacto es acumulativo. Mejora el razonamiento disciplinar, la capacidad de evaluar fuentes y la precisión argumentativa, competencias críticas en entornos saturados de información. No todas las actividades logran esta profundidad.
Diseño mínimo viable para asignaturas a distancia:
- Lecturas con propósito (preguntas guía no triviales).
- Entregables breves y frecuentes (escritura como proceso).
- Andamiaje léxico (glosarios evaluables y aplicados).
- Retroalimentación específica sobre estructura y argumento, no solo contenido.
Quien no ajusta su lectoescritura queda fuera del juego epistémico: consume información, pero no la transforma. En cambio, quien optimiza estos procesos convierte el tiempo escaso en aprendizaje robusto y transferible.



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